tan distintos, desiguales, yo sigo siempre volando
y tú en tierra firme esperando.
domingo, 14 de enero de 2018
-¿Qué es una mariposa? -Una mariposa es una flor que vuela. -contestó la niña.
“Necesitas límites mentales. Necesitas no esperar. Necesitas no esperar nada de los demás. Necesitas no traficar con tu dolor. Necesitas orgullo y soledad. Necesitas orden. Necesitas poesía.” Alejandra Pizarnik.
Estrenarías aquel precioso abrigo azul. Soñábamos con
la nieve, durmiendo abrazados. Tus promesas y el silencio esconden mi
ilusión. Los minutos se deslizan por un abismo en la espera. El silbido
del tren suena como un ultimátum. Sentado en el banco de la estación desierta contemplo el viejo reloj. Tal vez ha sido un sueño, las montañas, la
nieve y tú.
Los días
largos, luminosos y más cálidos anunciaban el verano. No tenía tanta pereza al
levantarme. Había algo más por lo cual me gustaba esta época,
al comenzar junio toda la familia nos mudábamos un mes a la montaña, a una
típica y antigua casa de campo que había pertenecido a mis bisabuelos. Estaba
enclavada en un paisaje único. El bosque y el río cercanos la hacían perfecta.
Lo más interesante para mis hermanos y para mí, era que quedaba muy a mano del
pueblo, que si bien era pequeño, tenía lo suficiente como para divertirnos y
pasarlo bien.
El sonido de un coche al
detenerse justo enfrente de casa despertó mi curiosidad una mañana. Al momento
fui a ver quiénes habían llegado. Era una familia; padre, madre y una chica
rubia preciosa que miraba con insistencia hacia nuestro jardín como si
adivinara que los espiaba detrás de la ventana.
Bajaban del coche maletas y
bolsas, tal vez se quedarían unos cuantos días de vacaciones. Ella,
la rubia preciosa, debía tener unos dieciocho, veinte años. Entraba y salía de
la casa ayudando a su madre. Esa noche, cuando todos dormían, me levanté a
mirar la casa de enfrente, estaba a oscuras, solo se veía una tenue luminosidad
en la habitación de la planta alta. Imaginé que era la de ella. Me quedé un
rato observando y luego, sin más volví a la cama.
Habían pasado unos tres días
desde su llegada, una tarde al salir con la bicicleta, tuve la primera
oportunidad para hablar con Celine, que así se llamaba la rubia. Su familia era
francesa. Hablaba español con un acento muy personal que la hacía aún más
atractiva. Tenía el cabello sedoso, una mirada color miel y unas piernas
interminables. Nos presentamos, apenas decir que me llamaba Federico, me
estampó dos besos en las mejillas. Olía a jazmines, un aroma que no olvidaré
jamás. Hizo un gesto para que esperase un momento, regresó con su bici y
salimos a dar una vuelta. Le encantaba recorrer el bosque, me atreví a insinuar
que podía acompañarla. Al otro día vino a casa a buscarme. Saludó a mis padres
y comentó que nos invitarían a cenar, para conocernos las dos familias.
Al levantarme y abrir la
ventana de mi habitación la veía en el jardín leyendo y tomando el sol. A veces
me sorprendía mirándola, entonces me saludaba sonriendo y agitando la mano. Un
día llegaron unos chicos a su casa, se quedaron hasta el atardecer. Por fin se marcharon, no sin antes besar y abrazar a Celine
con bastante entusiasmo. Creo que estaba celoso. Luego todo volvió a la
normalidad. Fuimos con su familia al río, ella llevaba un traje de baño azul,
parecía una sirena en el agua. Su madre había preparado el almuerzo y comimos
al fresco. Ansiaba que el tiempo transcurriera lento, muy lento. Cuando salía
en su coche a hacer recados me invitaba. Recorríamos el pueblo, le mostraba
lugares que conocía, comprábamos chocolate, nos lo pasábamos muy bien.
Cuando íbamos caminando, ella siempre me tomaba de la mano. Hacía mucho tiempo
que no disfrutaba tanto de unas vacaciones. No quería pensar en volver a la
ciudad y a lo cotidiano. «¡Cuánto la echaría de menos al regresar!»
Un sábado
por la noche las dos familias nos reunimos para cenar. Esa tarde había llegado
a su casa un muchacho alto y moreno al que Celine besó de un modo, que sin
lugar a dudas era más que un amigo. Para mi disgusto él también se quedó a
cenar. Casi no pude probar bocado, aunque la comida que había preparado su
madre se veía exquisita. Estuve muy incómodo. Celine se comportó cariñosa
conmigo, mientras que el intruso no se movió de su lado ni por un momento.
Volví a casa y me encerré en
mi habitación. Me recosté en la cama pensando que no podía expresar con
palabras lo que sentía. La alegría para muchas personas suele ser lo más
natural del mundo, sobre todo estando de vacaciones, para mí no lo era desde
esa noche. Las lágrimas siempre encuentran su motivo, y yo tenía el mío. Quería
estar solo. A la hora de la comida, todos en mi familia cruzaban entre ellos
miradas inquisidoras. Es probable que observaran que mi comportamiento había
cambiado, pero no tenían idea de lo que me pasaba. Mis hermanos hacían planes
con sus amigos y con las chicas que habían conocido en el pueblo y mis padres
disfrutaban a su manera. Todos estaban contentos, menos yo.
El muchacho alto y moreno
regresó a la casa de Celine. Ya no cabían dudas. Cuando curioseaba escondido
detrás de las cortinas los vi salir, iban abrazados. Lo que pasaba por mi
cabeza era un sueño imposible, era mi secreto, un secreto que no podía revelar
a nadie. Aprendí, que amar a alguien también provocaba un gran sufrimiento, me había enamorado.
Los poetas trabajan de noche cuando el tiempo no les urge, cuando se calla el ruido de la multitud y termina el linchamiento de las horas. Los poetas trabajan en la oscuridad como halcones nocturnos o ruiseñores de canto dulcísimo
y temen ofender a Dios,
pero los poetas, en su silencio, hacen mucho más ruido. Alda Merini. (Poeta italiana)
“Se ha dicho que el
poeta es el gran terapeuta. En ese sentido, el quehacer poético implicaría
exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida
fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.”
como un poema enterado del silencio de las cosas hablas para no verme
No se la puede quitar de la cabeza. La
vio en aquel salón tanguerodel barrio de Almagro. Llevaba un vestido negro, el cabello color miel sobre
un costado del rostro, escondiendo uno de sus ojazos. Custodiada por un bacán,
robusto y engreído que vestía elegante y parecía vigilar todo el tiempo junto
a otros tres fulanos que le hacían la guardia.
Abre el ropero y saca el único traje que
tiene, la camisa celeste clara, los zapatos negros brillosos.
Se pasa un poco de colonia barata por el pelo engominado. "Un día de estos, va a
comprar una de las que vio en la perfumería del barrio" Sonríe, mientras se viste.
Sale, la noche está tibia. Camina hasta
la esquina. Al abrir su cartera, el boleto de la última carrera lo mira burlón.
Piensa en los pesos que se le piantaron junto con las ilusiones, y lo perejil
que es, al creer que algún día ganará su apuesta, tendrá mucha guita y podrá
escapar de la mishiadura.
Hace señas al primer taxi que ve.
─ ¡Hasta San Telmo maestro! Vamos por la avenida San Juan y me tira por ahí.
─ Ta bien muchacho.
─ El tránsito está un poco pesadito por la noche del viernes vio, la gente sale más.
El taxista, busca conversación, pero él está con la mente en otra parte
─ En la cuadra que viene está bien, aquí me quedo Don.
Camina nervioso hasta la puerta de la
milonga. La música a todo trapo lo pone de buen humor. Algunas parejas ensayan
figuras atrevidas lustrando el suelo. La luz tenue y el humo no dejan ver con
claridad.
Acodado en la barra, enciende un cigarro y hace un paneo por todo el salón,
algunas muchachas miran insinuantes, pero él busca a otra.
─Juan, poneme un trago, bien fuerte.
─Mirá ¡ahí la tenés a la moza! ─ Le apunta Juan .
Toma un sorbo como para darse ánimo. Se
da vuelta y ahí está ella ¡Más linda que nunca! Con un vestido color manteca
que dibuja su cuerpo, los labios rojos y ese andar sensual y provocador que lo
vuelve loco.
La orquesta se descuelga con un tangazo. Un tipo alto y vestido de negro le
habla por lo bajo, la toma del brazo y la lleva a la pista. Se queda
ensimismado mirando como la pareja baila con requiebros estudiados. Se acerca despacio:
─ Disculpe Don, ¿me permite? Me parece
que la señorita quiere cambiar de compañero.
Ella entorna los ojazos y sonríe tímida.
─ Sí ¡Claro amigo, faltaría más!! Toda suya. Sonríe con sorna
y se da media vuelta.
La abraza con suavidad, ella se aprieta
contra su pecho mimosa. La sensualidad se adueña del
momento, solo ella, él y “Por una cabeza”..
La cadencia del tango los envuelve, los atrapa en una telaraña de pasión.
Un empujón, la sorpresa ¡Un puñetazo
tan fuerte! que cae derrumbado.
Los golpes vienen de todas partes, no puede ver.
Solo quiere que paren. Los gritos de la
gente y el murmullo, los
escucha muy lejos.. no sabe qué pasa. Todo se vuelve oscuro, solo siente que lo arrastran por
el suelo.
De pronto, la música comienza a sonar de
nuevo.
"Por una cabeza, si ella me olvida
qué importa perderme, mil veces la vida
para qué vivir... "
Siente un paño mojado en la frente y un poco de alivio.
─ ¡La pucha, hay que tené mala pata pa elegí las minas che!
Abre los ojos y un poco borroso ve a Juan.
A duras penas puede sentarse. El traje
desgarrado, la camisa celeste clarita salpicada de algunas gotitas de sangre,
la corbata arrugada. Los bailarines hacen un círculo como si él fuera el payaso
del circo y murmuran por lo bajo.
Enseguida alguien ordena:
─ Bueno, señores aquí no ha pasao nada. ¡A seguir con la milonga! Que los
asuntos de polleras se arreglan afuera.
Algunos aplauden, la pista se llena poco
a poco ¡Y a lustrar el suelo!
El director de la orquesta anuncia un bis del tango más lindo del mundo.
La música inunda el salón y se mete hasta en los huesos. Un muchachito le
entrega un papel con letra de mujer.
"Para Gerardo:
Boedo 235 segundo piso"
Juan murmura:
─ ¡Vos sos dueño che! ─ cada uno se muere como quiere.