jueves, 2 de julio de 2015

Vuelo.



Me mira desde sus ojos verdes y sus labios dibujan  casi una sonrisa. 
La observo,  es bella,  arrogante y desconocida, como si nada ni nadie pudiera  perturbarla.
Camina hasta el borde del acantilado,  se detiene, solo un instante; único e irrepetible. Su imagen  se congela un momento,  su cabello  agitado por el viento, su cuerpo frágil,  estremecido. 
No puedo alcanzarla, ya no puedo.  Cual gaviota blanca y blanda se desliza en un vuelo sin retorno hacia el fondo del  precipicio. 
El mar la envuelve, la hace suya y se lleva el secreto de su nombre.


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