lunes, 2 de mayo de 2016

A la hora de la siesta.

La hora de la siesta era mágica, el sol ardía y nuestra imaginación volaba. Muy despacito, sin hacer ruido abría la puerta de casa y ahí comenzaba la aventura. 
La vereda y la calle desiertas eran solo nuestras. Lucía, Juan, Manuel, María y yo teníamos una cita ineludible. Nos sentábamos debajo de  un árbol a contar historias, el periplo seguía hasta los frutales de Don Pedro, el viejo de los higos.
Nuestra calle era de tierra, ancha, tranquila y arbolada con paraísos, en primavera se cubrían de flores azules que parecían trocitos de cielo, aún recuerdo ese aroma único. Y las mariposas, las había de todos los colores, competíamos a quién atrapaba la más rara. Las casas no tenían tapias, y en la calle podíamos jugar y andar en bici libres como el viento.
El sol quemaba más que de costumbre aquel día, pero los higos de almíbar eran nuestra tentación.
Lucía apresurada, trepó a la higuera  y resbaló raspándose las rodillas, le regañábamos cuando Manuel hizo señal de callarnos.
 ─¡Chissst!!!  ¡chissss!!, ahí viene Coco─ ¡a escondernos!  rápido nos ocultamos.
Coco, así le llamaban en el pueblo; era un "linyera", un vagabundo, iba en un carro tirado por un caballo flaco, sus bolsas y trastos colgando, una barba espesa le cubría casi todo el rostro. Se tejían muchas historias acerca de él, algunos decían que había sido abogado en sus tiempos, y debido a una desgracia acabó así, nosotros le temíamos, tal vez por aquel mandato atávico de "No hables con desconocidos".
Nos empujábamos para mirar, de pronto, el hombre baja del carro con dificultad, tambalea, se quita el sombrero y coge su cabeza con las dos manos,
María grita  ─¡está borracho!!  lo ven ¡¡¡uyyyy!!! ¡se va a caer!!-
─¡Te quieres callar!─ dijo Manuel.
En ese momento el hombre se desploma, y queda tendido al costado del carro, nos miramos sin saber qué hacer, hasta que Juan pregunta:
─¿Tenemos que avisar a alguien, no?─
En un salto estoy en casa.
─¡Papá, papá!!-
 ─¿Qué pasa?─
 Coco, el linyera, está tirado en la calle, ¡¡está muerto!!-
 ─Trae un poco de agua ¡apúrate!─
Los chicos habían salido de su escondite y rodeaban a mi padre. 
Le moja la cara, le da de beber, el hombre poco a poco va recuperando el sentido, le ayudamos a sentarse a la sombra.
─Tiene que cuidarse a estas horas de este sol endiablado, Don─ dice mi padre.
El otoño ha pincelado de ocres y dorados los árboles, una rosa temprana perfuma el jardín, un carro con un caballo flaco se acerca, corremos a su encuentro, Coco nos saluda agitando la mano, con su sonrisa triste y su mirada agradecida.
 Cuando vuelvo a mi pueblo busco aquel tiempo sin tiempo, esa infancia de juegos simples, de inocencia, al cerrar los ojos creo escuchar nuestras risas frescas y sentir el aroma dulce de los paraísos, pero las mariposas ya no están.

Texto: Mirta Calabrese.  (Relatos de Infancia.)




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